Alaska

July 28, 2012

Otro verano más. Esta sensación no es nueva. Hace no mucho tiempo no era consciente como lo soy ahora. El tiempo pasaba, yo hacía lo que quería y cada situación era resultado de la anterior. Igual que ahora. La diferencia es que ya han pasado bastantes veranos y desde hace ya unos cuantos me siento dueño de mi destino. Cuando eres joven te dan la vida más o menos masticada, o al menos te cortan el filete. El abanico de posibilidades es más reducido. Al hacernos adultos hay más opciones. Y a medida que aprendo y descubro el mundo que me rodea me doy cuenta de que el límite es mi imaginación. Y si bien los sueños más locos siempre son difíciles de conquistar, sé que dentro de mí hay una fuente de energía capaz de conseguir lo que me proponga.


Mi nueva aventura me ha traído esta vez a las aguas del Pacífico norte, al sureste de Alaska. La naturaleza aquí es muy diferente a la que me tiene acostumbrado el Mediterráneo o el Atlántico. Los bosques y montañas que rodean las aguas por las que navego este mes no se merecen otro calificativo menos que majestuosas. Y aunque ya casi me haya acostumbrado, es espectacular ver ballenas jorobadas, orcas, leones marinos, águilas y cuervos tamaño XXL.

Nunca se hace totalmente de noche. Si miras hacia el oeste siempre hay una luz naranja en el horizonte. A las 3 de la mañana vuelve a comenzar el amanecer y a las 7 de la mañana, hora a la que me despierto a diario, el sol está tan alto ya que siempre tengo la sensación de que se me han pegado las sábanas. Bueno, eso cuando no llueve y se ve el sol, que habrá sido tan solo un cuarto de los días que llevo por aquí. 

Lo reconozco, esto no estaba en mi lista de sitios para visitar. Cuando me propusieron organizar este viaje a bordo de un 53 pies, me hizo mucha ilusión, pero no me esperaba nada de lo que he encontrado. Ha sido como cuando entras al cine sin tener ni idea de qué vas a ver y resulta ser un peliculón.

He visto glaciares. He navegado en campos de hielo tan densos que he temido quedarnos atrapados entre los icebergs con un cambio de viento o corriente. Me he olvidado que llevaba remolcada la zodiac y me he acordado al verla subida encima de una montaña de hielo flotante, por encima de mi cabeza.


He estado en el sitio justo, en el momento preciso, con las condiciones perfectas para deleitarme con la Aurora Boreal danzando como un caleidoscopio sobre mi cabeza. Estaba en el 57 norte dos días después de una explosión solar que enviaba gran radiación a la atmósfera… en una noche totalmente despejada de nubes, que es algo que por aquí es quizá más extraño de por sí que el fenómeno galáctico.


Estoy viviendo una experiencia nueva con sus cosas mejores y peores. Aprender cosas agradables siempre motiva, pero también me estoy viendo forzado a aprender cosas que me están costando más… desde arreglar un sistema de calefacción y aire acondicionado hasta trabajar en equipo y escuchar opiniones, que es una lección que no estaba en el plan de estudios de los últimos años navegando en solitario. 

Echo mucho de menos a mis amigos. Estoy totalmente fuera de mi zona de comodidad. Y se hace muy extraño no haber visto ni a una churri en bikini a estas alturas de julio. Pero está bien. Repetir una y otra vez lo mismo cada año es demasiado fácil y al final pierde encanto. Estar aquí me obliga a ser más dinámico y abierto. Si me despisto las consecuencias son notables, y es muy fácil despistarse en medio de un entorno tan desconocido.

Enfrentarse a tantas novedades es aún más difícil en esta era de comunicación. Poder ver la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos en la tele, las fotos de Bull, Alicia y Airam en internet, recibir tanta información gráfica en tiempo real desde todo el mundo. No sólo de los juegos, sino de mucha gente que aprecio. Me hace sentir nostálgico y con ganas de estar en otro sitio. Pero sé bien por experiencia que la felicidad no está en un lugar ni en una persona, sino dentro de uno mismo. Y lo que más feliz puede hacernos es transmitir energía positiva al entorno que nos rodea en cada momento sin esperar demasiado a cambio. A veces las cosas buenas tardan en llegar, pero siempre llegan. Como la calma después de la tempestad. En ocasiones llegan en abundancia, como un chubasco exagerado que no se espera.


En lo que hasta ahora no he fallado y me siento totalmente bajo control es en la navegación. En estas aguas las mareas son de más de 5 metros y las corrientes de hasta 7 nudos. El viento y las olas me han acompañado prácticamente a diario y los he disfrutado. Quizá antes exageré… no estoy tan lejos ni tan perdido mientras esté en el océano.

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Esta claro que este seria un buen prologo de el libro que sin duda algún día escribirás...



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